Robert Hass (1941): Meditación en Lagunitas


El nuevo pensamiento es de la pérdida.
En eso se asemeja al antiguo.
La idea, por ejemplo, que todo lo particular
borra la clara luz de una idea abstracta. Que ese pájaro
carpintero sondeando con su rostro de payaso
el esculpido tronco muerto del abedul
es, por su presencia, la caída trágica de un primer mundo
de luz indivisa. O esa noción de que, si nada
hay en el mundo que se corresponda
con la zarza de mora, entonces una palabra
es elegía de lo que significa.
Hablamos de eso anoche y en la voz
de mi amiga había un alambre de pena, casi un tono
de queja. Pronto comprendí que, hablando
de ese modo, todo se disuelve: justicia
pino, pelo, mujer, y yo. Hubo una mujer
a la que hice el amor y recuerdo cómo
al tomar sus pequeños hombros en mis manos
sentía a veces la violenta sorpresa en su presencia,
como una sed de sal, de mi río de infancia
con sus islas de sauces, boba música de un barco de recreo,
pozas fangosas donde pescábamos el pececillo plateado y naranja
que llamábamos calabacilla. Nada que ver con ella.
Anhelo, le decimos, porque el deseo está lleno
de distancias sin fin. Algo así fui para ella.
Pero recuerdo tan bien cómo sus manos desmembraban pan,
las cosas hirientes que su padre le decía, aquello
que soñaba. Hay momentos en que el cuerpo es numinoso
como las palabras, días que son la continuidad de la carne buena.
Tanta ternura, las tardes y las noches
repitiendo mora, mora, mora.


Traducción de Fruela Fernández

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