Belleville, Alphaville (cuaderno de 2009)



Connaissance de Paris que j'ai faite, donc, par les filles, et par un des rares métiers auxquels je me suis livré


 
La llave no parece de puerta, sólo de armario.
(Chambre de bonne: las habitaciones para el servicio doméstico, derivadas en apartamentos, en recovecos alquilables.)
Unidas, dos tablas dan la forma de un baño. Guiada, al lado, otra establece la medida: tabla arriba, buhardilla para la cama; tabla abajo, perchero y salón.
Hay un cuadro de invierno en el hielo, como la portada para un vinilo de villancicos. Hay una escalera metálica de obra. Hay dieciséis posavasos decorados con patos, colocados por orden cromático. Hay nueve muñecos de caramelos PEZ, alineados en un reglero junto a la nevera.
El casero me da el listado -aquello que he visto, aquello que aún no he visto- en un recibo verde con emblema de dragones. Firma Georges Henri Bolliet. Es vietnamita.
*
No es resaca, más bien la ligereza cuando falta sueño, la desorientación.
Primero una calle árabe, el espacio entre dos estaciones de metro. Después una calle china.
Domingo de bodas, novios con trajes perla, novias con vestidos amapola.
Los tenderetes entre las tiendas, el mercadillo y los comercios: coles blancas, flores de calabacín, sangre de pato, metros de cable, dvds eróticos con actrices chinas. Pastelillos de soja y cacahuete, gomosos como chicle. Canalones empapelados con anuncios en ideogramas, mensajes imaginados por las cifras: quizá esto sea un alquiler, quizá esto sea un coche.
*
sans avoir besoin d'évoquer l'histoire pour animer les vieilles pierres et émouvoir le cœur des visiteurs par des réminiscences plus ou moins factices, émotions baedekeriennes ou joannesques
*
Después de Choisy-le-Roi, cuando el tren se desvía hacia el aeropuerto, entre unos sembrados de berza, hay tres vagones de carga apartados de los raíles.
Las toallas en las puertas, la ropa puesta a secar en tendales.
*
-Pero no quiero levantarme... Podríamos quedarnos en el parque cuando cierren...
-Si nos hacemos los muertos...
-Mira, vuelve el sol...
-Sous le so-leil e-xac-te-ment
-Sólo faltaría que ahora apareciese Gainsbourg...
-Eso sí probaría que estamos muertos.
*
Rue Saint Denis, como un corte en la estructura.
La fuente de los Inocentes, un resto de cementerio trasladado a una plaza de reunión adolescente. Detrás Les Halles, las verandas dedicadas a los poetas junto a la estación arqueada. Pasan grupos mestizos, mulatos en ropa de hip-hop. Le rap c’était mieux avant. Las palabras se entrecortan, se giran una, dos veces. (Los blancos los llaman bling-bling, dan con la boca el centelleo de las cadenas y los anillos.).
Después, los cines porno, los clubes. «Masaje tailandés completo. 50% de descuento a militares. Satisfacción garantizada». Los sex-shops, carteles anunciando la nueva legalización del popper.
La esquina de los camellos. Los falsos discretos.
La zona de las prostitutas. La tensión distinta en cada rostro, los vendedores, los proveedores, las mujeres que se disimulan en los portales. Al principio, la zona de las ancianas; más tarde, las africanas con chaquetas de cuero; al final, las asiáticas, junto al supermercado, disimuladas como esposas que esperan.
La Puerta de Saint-Denis. El arco del triunfo como hilo del Imperio. 

La repetición: como tragedia, como farsa.
*
Michel de Certeau: Los mapas medievales eran relatos: el trazado de recorridos, la biografía colectiva que se iba formando en los caminos. El mapa moderno no relata: es instrumental, representa un estado del saber tecnológico.
*
Chez May. Junto a Saint Jacques, entre las tiendas de historia diseñada, frente al cine donde todos los sábados reponen Rocky Horror Picture Show.
Es un escaparate breve, con visillos sucios, con menú amarillento.
La mujer se mueve despacio, sin levantar las pequeñas zapatillas del suelo, como si evitara el esfuerzo. Pero las manos escriben deprisa, trocean deprisa la verdura.
Mesas de camping, paredes de madera plástica. Cuadros de genios resplandecientes, mapas de Vietnam. La cocina minuciosa, construida con restos encajados de forma precisa. Estanterías de muñecos coloreados, dragones de conchas, pequeños osos.
L. lo nota antes: “Se parece a tu piso”.
*
Habría que contar la historia de las escaleras, de los huecos de escalera, de las escaleras de obra, de los altillos.
Me rozaba el pómulo.
Pronto tendrás arrugas al sonreír. Me gusta.
*
Las fotos anónimas, anteriores a Hausmann. Los terrenos desiguales. El empedrado, casi rozando el sonido. Obreros asomados al agua empozada. Las pequeñas contraventanas de listones. Empalizadas de huerta. Alguien sentado en una esquina, con el aura tensa y, a la vez, abandonada de unas calles del Sur. Las barricadas en Saint Maur. Una constelación de aldeas.
Las fotos de Patrice Molinard. La misma sensación de pueblo, de abandono, de rincón que permanece pendiente. Quizá las zonas se han desplazado, se han concentrado. Pero la población cambia: no hay campesinos, no hay obreros, hay mendigos.
La historia de la ciudad es una continuidad (Haussmann no es una persona, no es un estilo de época: es un método - escribe Engels). La estrategia que divide, que reorganiza, que da la nueva medida oficial. Cuando se eliminan las zonas de independencia, se puede creer la nueva estructura de dependencia.
*
Bajo con Rémi a la compra. Calcula por el camino:

-Yo sólo compro en ED. Sólo hay porquería, pero es barata. Lo único importante es fijarse en cuánto cuesta el kilo.
(Lo dice sonriendo. Le alivia ahorrar, sentirse práctico, hacerse preciso).

Hay algo de almacén aquí, como si no llegase a ser realmente una tienda. También en la ropa.
Un grupo de chicos por los pasillos. Podrían ser árabes. Se persiguen, esconden chocolate en la cazadora, se lanzan las mochilas, como si estuviesen jugando a esperar una reacción.
La cajera les grita desde lejos: por qué no estáis en clase.
-No tenemos, queremos ayudarle a organizar las estanterías.
Comienzan a cambiar de sitio los tetrabriks de leche.
Un viejo se les acerca desde otro pasillo. Grita con el cuerpo tensado por una sensación de odio, como si no quisiera controlarla: 

-Colega, lárgate o te hago empapelar.

Rémi inicia una frase muy suavemente: 

-Señor, no se ponga violento…

El viejo se acerca, sin apenas girarse, de un solo trazo. Al hablar, rebaja el odio, lo cambia en un acento de desprecio: 

-Usted no sabe quién soy yo, aunque esté aquí comprando. No sabe quién soy yo.

Una cajera pasa a la trastienda, arrastrando el carrito de palés

-Le duele la espalda -dice Rémi-, se nota que le duele, que no puede con el peso. Nunca lo considerarán una enfermedad laboral.
*
Cuaderno de direcciones:
Trousseau, 10
Bernardins, 44
Grouettes, 4
Hautefeuille, 14
Charenton, 194
Saint-Denis, 237
Des Solitaires, 23
Bachelard: Sólo habita con intensidad quien ha sabido agazaparse.
*
Me cansaban las fotos de Willy Ronis. Siempre el instante decisivo, una y otra vez el juego del instante decisivo, como un mal aprendizaje de Cartier-Bresson.
Hasta que encontré las fotos de Belleville y de Ménilmontant. Instantes anodinos, sin búsquedas. Tan sólo la precisión de las formas, de los tonos. La repetición de las escaleras entre calles, la gestión de las colinas. La brizna aldeana de las caras. La vegetación de los solares, de las paredes, una marca muy leve de descuido. Algo que está viviendo.
*
Hay formas de ciudad, igual que hay formas de representación.
Una ciudad puede ser la medida del tiempo: el meridiano que sitúa el resto de husos. Una ciudad puede ser la medida del espacio: el centro que define y delimita la periferia.
Cuando la ciudad central deja de serlo, cuando su medida depende de otra, cuando lo formado comienza a confundirse con lo diverso, ¿la escritura se queda en su posición previa?
¿O surge una escritura nueva, subalterna, que no pertenece ya a su historia, ni siquiera a su ciudad?
Escritura de suburbio, de mendigo, de emigrado.

No hay comentarios.: