Patrick Kavanagh (1904-1967): La Hambruna (I)


Barro es el verbo y barro es la carne
donde los recolectores de patatas se mueven como espantapájaros mecánicos,
colina abajo – Maguire y sus hombres.
Si los contemplamos durante una hora, ¿hay algo que podamos probar
de la vida que se desloma sobre el Libro
de la Muerte? Aquí los cuervos graznan por ranas y gusanos
y las gaviotas como viejos periódicos se alejan de los setos, por suerte.
¿Hay alguna luz de la imaginación en estos terrones húmedos?
¿O por qué seguimos aquí, tiritando?
                                                           ¿Cuál de estos hombres
amó la luz y amó a la reina,
virgen demasiado tiempo? Ayer era verano. ¿Quién se prometió a sí mismo matrimonio
antes de que las manzanas colgaran de los techos para Halloween?
Esperaremos, contemplaremos la tragedia hasta el telón,
hasta que la última alma ruede pasiva como un saco de barro
colina abajo, desviándose en los ángulos
que confundió el arado o forma la pala, estrechando el camino.

Un perro sobre harapos bajo un carro inclinado,
un caballo hoza por la cabecera, arrastrando
un arado de óxido. Tres cabezas cuelgan entre piernas
arqueadas. Octubre toca sinfonías en una cerca de mal alambre.
Maguire mira las sementeras aplanadas
y los pedernales que encendieron una vela por él en el altar de junio,
ya apagada. Pasaban las sementeras y pasaban los días
y agitaba su cabeza y se soltaba el ronzal del mundo,
y se creía más sensato que ninguno en el concejo
cuando entre pintas de porter se reía
por cómo escapó a las redes lanzadas
sobre las brechas de la experiencia.  Negaba con su cabeza sabia
y fingía ante su alma
que los niños son tediosos en los campos apurados de abril
cuando los hombres recorren surcos amplios,
perdidos en la pasión que no necesita esposa–
y sólo se clavaban los dientes de las rastras.
Tanto gritan los niños que los cuervos podrían
llevarse un acre de semilla entre sus burlas.
Patrick Maguire llamó a su perro y lanzó una piedra al aire
y espantó a los pájaros que eran los pájaros del tiempo.
Revolver los terrones, deshacer la maraña.
¿Qué está buscando?
Piensa que son patatas, pero sabemos más
que sus dedos embarrados cuando tantean ese cabello muerto.

«Avanza esa macona y asiéntala
en aquel hueco. Quita los pernos del carro, Joe,
y ensilla el caballo», dice Maguire.
«Hay viento sobre Brannagan, habrá lluvia.
Atropa paja seca y que no caigan patatas
de la caja al bajar por ese paso enquebrado–
y eso hay que hacerlo en diciembre,
echar grava y poner un bordillo a la turbera. ¿Eso entre mi alfalfa
es el burro de Cassidy? Dios lo maldiga...
¿Dónde está el perro?
Nunca donde hace falta». Maguire gruñe y escupe
entre su bigote embarrado y mira alrededor desde lo alto.
Sus sueños cambian de nuevo como las nubes que lleva el viento
y no está tan seguro que su madre acertase
cuando alababa al hombre que desposaba un campo.

Míralo, míralo, ese hombre en la colina cuyo espíritu
es un saco húmedo restallando sobre las rodillas del tiempo.
Vive porque sus campos sigan siendo fértiles cuando su cuerpo
esté al fondo de una zanja con una cruz de rejas en el Nombre de Cristo.

De joven era suspicaz como una rata ante pan extraño
si las chicas reían; cuando gritaban él sabía que eran
las potras en celo. No podía seguir
el camino fácil de su destino. Soñaba
que la inocencia de las zarzas era traición de espina.
La garra, la garra de los campos desiguales... Nadie escapa.
No podía ser que más allá de las colinas el amor fuera libre
y las zanjas fueran planas.
Ninguna mano monstruosa tomó niños y soltó monos,
no como aquí.
                              «Dios, ¿por qué no fui sensato?».
Un suspiro como brisa entre cardos.
Mira hacia su casa y su granero. «Dios, ¿por qué no fui sensato?».
Pero una hoja arrancada de los matos de espino
se arroja como un petirrojo asustado, y la cerca
da una ventana al verde de la segunda hierba,
y él sabe que su corazón llama mentirosa a su madre.
La verdad de Dios es la vida – incluso en las formas grotescas del fuego vil.

El caballo alza la cabeza y la estira
entre tojos y piedras para pacer
la pasión muerta entre alfalfa enredada.
En el cerco hay un matorral cargado de grava, como la moral:
los necios que viven sangran cuando trepan.

El viento se inclina donde los Brady, las hojas de fárfara se horadan de herrumbre,
la lluvia cubre el rastro de los carros y los surcos del arado;
el sol amarillento refleja en Donaghmoyne
la luz conmovedora sobre charcos de pezuñas.

Ven, Imaginación, entra en esta casa de hierro
y veremos bajo el dintel los años que regresan veloces
y sabremos qué escribió la zurda del campesino en esa página.
Sé benévolo, octubre.
Ni un cloqueo, un relincho, un crujido, un graznido.


La hambruna y otros poemas (Pre-Textos, 2011)
Traducción de Fruela Fernández

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