Leonard Cohen (1934): El aviador


No dispongas tu brillante carne al sol
ni extiendas, amor, tus miembros a la altura
donde cojos y hombres con cesto deben corren, correr
y apresar a los ángeles de adorable vuelo
con muñones y garfios y piel artificial.
Nada hay en la luz de tu cuerpo
que nos críe alas o nos enseñe la disciplina
que conocen los famélicos para calmar el hambre.
Entiende que debería bastarnos con rogar
por la clínica de tus muslos en la noche,
si no hubiera estrías de tirantes en la pierna
de aquel que canta y lucha en nuestra vista,
y sube luego al cielo, amante en una banda.
Cuéntale tu calidez, dale resol de tu mano.

Traducción de Fruela Fernández

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