Clelia, la del quiosco

Tras el cine, junto a las vías del tren, el quiosco se confundía con una chabola. Empozado en lo oscuro, más de lo normal, incluso para los años 80 y sus pocas farolas. Comprábamos rosquillas de anís, globos de agua y regalices a aquella paisana, abúhada contra la pared, como si anidase. Le molestaba que pidieras varias cosas distintas. Le molestaba que llegases a la hora de cierre. Le molestaba, en general, que fueras niño, que hicieses ruido, que estuvieras allí. Si pasabas cuando ella charlaba, más cómoda, con gente del barrio, podías oírle a veces su única expresión deseada: jubilarse.

Después de ver su esquela este verano, fui sabiendo aquello que le faltaba a nuestra imagen. Tenía 73 años, quince o veinte menos de lo que cualquiera de nosotros suponía. Estuvo veintinco como misionera. Fue expulsada de China durante la revolución cultural. Había dado clase en barriadas de callampas por Sudamérica. Había trabajado en programas sanitarios para prostitutas y drogadictos. Se había asentado en Chile, había vivido el gobierno de Allende, había apoyado a los estudiantes durante el golpe de Pinochet, antes de que la expulsaran de nuevo.

Pero entonces, yendo en gandaya, creíamos que su historia era aquella poza de Sama - nosotros, que aún leíamos el valle como frontera, como unidad, como retención necesaria.

Clelia en su quiosco (fotografía de Fernando Castro para La Nueva España, 1996)

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