estaba paseando con dos hombres. uno se llamaba Paulo y tenía
cara de pescador griego. el otro era Bakunin, o quizá Proudhon, pero no lo dijo. íbamos
por la costa de Bañugues, siguiendo un camino entre carrizo alto. después
cruzamos la playa, oscura, de arena mezclada con carbón.
al despertar, el tacto era tranquilo, igual que el primer
momento tras un baño de agua caliente. volví a adaptarme a la forma de su
espalda y ella me rozó los tobillos con el pie, medio dormida.
se oían los primeros coches de la semana. y las múltiples
cosillas con su cosmos empezaban a decir:
-Pues aquí sigues tú y aquí nosotras, majete. Ponte cómodo.
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