1
Me
inquietan los finales de la memoria.
Porque
nunca aparece la razón de tantos cierres inversos, de tantas vueltas, de tantas
ocasiones en las que nuestros recuerdos terminan de una forma distinta.
No
basta apelar a la fragilidad o al tiempo; después de todo, no me sorprende que dejemos de recordar, sino que recordemos
de otra manera. ¿Cuántas veces, al hablar
de una experiencia, nos ha corregido alguien que estuvo presente? ¿Cuántas
veces hemos escuchado a alguien relatar como fiel y probado algo que nunca
sucedió? ¿Y cuántas veces descubrimos que alguien narra como suceso propio la
historia que un día le contamos?
Un
amigo, propenso al cuento, solía decir que sus recuerdos estaban tan llenos de giros
y de desvíos que acababa citando con nostalgia canciones inexistentes o
buscando por Coimbra un bar que siempre le había gustado mucho, pero que nunca
había estado allí.
2
Antes
de empezar a leer La voluntad de Azorín,
alguien me explicó que le había sobrecogido la última escena de la novela: el
filósofo desengañado, resignado ya al letargo, que se despide del narrador para
ponerse a construir la cuna de su futuro hijo.
Cuando
terminé el libro, algo no me cuadraba: sí, había una despedida y una renuncia,
pero allí no había cunas, sólo un trastero sucio donde el protagonista
arreglaba unos estandartes para la fiesta local.
3
Quizá
la memoria sólo intenta arreglar las cosas.
No
tanto solucionarlas como enmendarlas; darles el final que le
corresponde, antes que el deseable.
Si
Cautivo del deseo de John Cromwell o Días sin huella de Billy Wilder sólo
regresan con sus escenas más amargas es porque, en el fondo, no se puede creer
en la esperanza de sus finales (y es que, sinceramente, ¿alguien podría confiar
en la fuerza de voluntad de Leslie Howard?).
De
alguna forma, el filtro del recuerdo no es arbitrario, sino preciso.
4
Cuando cumplí dieciséis años, el librero que había en Langreo me regaló dos cuentos
de Chéjov: Enemigos / Iónich - dos
palabras que nunca he podido separar, como si la figura de Iónich implicase una
enemistad y los enemigos exigieran a un ser como Iónich.
Cuando los recién llegados a
S., capital de provincia, se quejaban del aburrimiento y de la monotonía de la
vida, los habitantes de la ciudad decían, como justificándose, que, al
contrario, en S. se estaba muy bien; que había una biblioteca, un teatro y un
club social; que había bailes y que, además, había familias inteligentes,
interesantes y agradables, con las que se podía trabar conocimiento.
Desde
esas primeras frases, algo hacía sentir que “Iónich”, en realidad, no terminaba.
5
Porque “Iónich”
no puede tener final. Sólo puede continuar. Igual que La montaña mágica, El pabellón número 6, "Inquietudes de un padre de
familia" o La náusea.
Los
detalles se borran, olvidamos lo que hemos leído, en el recuerdo no queda ninguna
estructura. Lo que vino, desaparece.
Pero
sigue con nosotros. Completo. Sin final, sin desarrollo. Porque no hay una
historia, sino un estado. No existe la vida de Iónich, la narración de Iónich.
Existe Iónich, como algo que nos rodea. Como un fondo sobre el que pasan las
cosas.
No
se trata de llegar, sino de acompañar.
Publicado originalmente en Nuevas maneras de contar un cuento (2005),
edición de J.A.
Gayol, Llibros del Pexe.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario