Una hipótesis de muchacha


Don Chito ya entreveía al fondo del digamos último cáliz -un cinco años blanco extra-seco de Don Carcelón Empédocles e Hijo, Albano Laziale, como para imaginarlos a todos en comisaría: al vino, al vaso, al Padre, al Hijo y al Lacio- cuando el fardo de sus particulares opiniones sobre las concausas afectivas (aunque él decía eróticas) de los humanos aconteceres lo llevó a considerar, obviamente, que una sobrina de tal condición no era una sobrina corriente, una Luciana o una Adriana que hoy viene a la capital, donde los tíos, después se va, luego regresa, después pone un telegrama, se va otra vez, llega a su casa, manda al poco una postal con recuerdos y besos, vuelve a venir desde Viterbo o Zagarolo porque de nuevo le toca dentista, y así sucesivamente.

"Su buen embrollo tiene la sobrinilla esta", rumió para sí con aquel blanco seco en Porta Paradisi que aún le hacía titilar la campanilla. Sí, sí. Bajo aquel apelativo de "sobrina" debía de esconderse todo un barullo u ovillo, una telaraña de sentimientos, de los más raros y delicados. Ella. Él. Ella, por respeto a él. Él, por deferencia a ella.


*Belleville [F.F., 2009]
**Carlo Emilio Gadda (1957): Quer pasticciaccio brutto de via Merulana

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