La dimensión García Román


Juan Andrés García Román (2011): La Adoración. DVD Ediciones


Al intentar narrarla, la propia biografía se nos presenta como un peregrinaje; sin que lo pretendamos, la vida dispersa se plantea entonces como una búsqueda, una andanza guiada por un propósito. Pero al recordarla en el sueño, en los momentos asemejados al sueño, la biografía se revela como un controlado delirio, casi una alegoría. En la confluencia de esas capacidades -el autoanálisis que imagina o propone una dirección, la involuntaria labor de nuestra mente como teatro de fuerzas ajenas- se desarrolla La Adoración, nuevo libro de Juan Andrés García Román (Granada, 1979) tras su fascinante El fósforo astillado (2008).
Combinando recursos de la fábula, de la parábola religiosa, de la novela de formación, del cómic, del relato filosófico y del poema teatral, García Román ha escrito una narración que intenta responder a una pregunta perenne: ¿qué ocurre tras el final de un gran amor? ¿Qué queda de ese tiempo, de esa energía? ¿Cuál es el nuevo camino? En su recorrido por un país imaginado, que parece ir creándose a medida que se transita, el protagonista, Expósito, buscará sus tres grandes pérdidas –la Amada, el Padre, la Belleza- y dejará a cambio un relato sobre el sentido de las utopías, el desencanto de lo político, la fragilidad de la naturaleza, el destino del artista.
Desde esta descripción básica se comprenderá la dificultad para explicar una obra que parece expandirse cuanto más se pretende situarla: por más que sea permisible establecer múltiples simpatías –Rilke, el Hiperión de Hölderlin, los apuntes de Kafka, Alicia en el País de las Maravillas, los cuadernos de viaje de Heidegger, Los discípulos en Sais de Novalis-, la libertad estilística de García Román avanza asumiendo todas las posibilidades; su escritura no se ciñe a una voluntad de estilo, sino que debe abrirse sin cesar para ser acorde con una capacidad visual desmedida. Igual que ciertos superhéroes, que algunos proyectos de física experimental, que los místicos en las epifanías, García Román parece estar siempre viendo algo más, otras parcelas de lo visible; siempre encontrándole otra dimensión a la realidad, revelándole nuevas conexiones y necesidades. Quizá la mejor definición de esa mirada la dé el propio autor cuando describe, en el pórtico del libro, el efecto de la Amada en los seres: «Porque un jardín no está si no lo miras, pero si los geranios daban melocotones por el puro terciopelo del tacto o la rosa levitaba en la rama hasta afrutar un corazón, eso no era para ti imaginación, era tu amor; y las cosas florecían, cómo decirlo, las cosas florecían sumergiéndose en sus propios colores. O porque hervías su creación al calor de la zarza de Moisés, y entonces no volvían a ti, volvían a ellas, pero ahora inocentes, incesantes; la fórmula concreta de todas las infancias». Así es La Adoración, tan inexplicable y conmovedora como esa tarea de amor.

Reseña publicada en "El Cuaderno", 
suplemento cultural de La Voz de Asturias/Público
(11 de diciembre de 2011) 

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