Charles Simic (1938): El mundo no se acaba


Me raptaron los gitanos. Mis padres me raptaron de vuelta. Luego me raptaron de nuevo los gitanos. La cosa duró algún tiempo. Tan pronto estaba en la caravana mamando de la tetilla de mi nueva madre, tan pronto estaba sentado ante la larga mesa del comedor tomando el desayuno con cuchara de plata.
Era el primer día de primavera. Uno de mis padres cantaba en la bañera; el otro le pintaba a un gorrión vivo los colores de un ave tropical.

*

Escalígero se queda blanco como un muerto al ver un berro. Tycho Brahe, célebre astrónomo, se desmaya al ver un zorro enjaulado. María de Médicis se marea en cuanto ve una rosa, aunque sea en pintura. Mis antepasados, entre tanto, comen repollo. Siguen removiendo la olla en busca de una pata de cerdo que no hay. El cielo es azul. El ruiseñor entona un soneto renacentista y de inmediato alguien se va a la cama con dolor de muelas.

*

El muerto desciende del cadalso. Bajo el brazo lleva su cabeza.
Los manzanos están en flor. Él va camino de la taberna mientras todos lo miran. Se sienta a una de las mesas y pide dos cervezas, una para él y otra para su cabeza. Mi madre se limpia las manos en el mandil y lo atiende.
Qué tranquilo está el mundo. Se puede oír el viejo río, que, en su confusión, a veces se olvida y fluye río arriba.

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En un bosque de interrogantes no eras mayor que un asterisco.
¡Oh estación de las nieblas! Alguien hizo sonar el cuerno de caza.
El diccionario te definía como un signo que indica omisión; entonces cambió bruscamente de tema y habló de «asterismos», algo de unos cristales que muestran luminosa figura de estrella.
No te creíste ni una palabra. Los interrogantes tenían tarjetas de San Valentín grabadas en los troncos para que nadie indagara y encontrase las cuerdas.
Cuerdas grasientas con lacitos de bebé.

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Éramos tan pobres que debía ocupar el lugar del cebo en la ratonera. A solas en el sótano podía oírlos caminar por el piso, toser, dar vueltas en la cama. «Vivimos días de negrura y maldad», decía el ratón mientras me roía la oreja. Pasaron los años. Mi madre usaba un cuello de piel de gato, lo acariciaba hasta que sus chispas iluminaban el sótano.

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Todo puede predecirse. Todo se ha predicho. Aquello que está destinado no puede evitarse. Ni siquiera esta patata cocida. Este tenedor. Este chusco de pan negro. También este pensamiento…
Mi abuela, que está barriendo la acera, lo sabe. Dice que no hay dios, sólo un ojo aquí y allá que ve claro. Los vecinos andan tan ocupados con la televisión que no la queman por bruja.

Traducción de Fruela Fernández

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