Kommunalka




Éramos tres en nuestra habitación y media: mi padre, mi madre y yo. Una familia, una típica familia rusa de la época. (…) Nuestra habitación y media era parte de un largo corredor, un tercio de manzana de largo, en la parte norte de un edificio de seis plantas que daba al mismo tiempo a tres calles y una plaza. (…) Tras la Revolución, siguiendo la política de “concentración” de la burguesía, se dividió el corredor en varias partes, situando a una familia por habitación. (…) En la URSS, el espacio mínimo habitable es de nueve metros cuadrados por persona. Tendríamos que habernos considerado afortunados, porque, gracias a la rareza de nuestra parte de corredor, acabamos teniendo 40 metros para los tres. (…) Aparte de por un exceso de trece metros cuadrados, teníamos una suerte enorme porque el apartamento comunitario al que nos habíamos mudado era muy pequeño. Es decir, la parte de corredor que lo formaba contenía seis habitaciones, partidas de tal forma que albergaban sólo a cuatro familias. Contándonos a nosotros, sólo once personas vivían allí. Según funcionan los apartamentos comunitarios, el número de moradores puede llegar fácilmente a cien. La media, sin embargo, suele estar entre veinticinco y cincuenta. El nuestro era casi minúsculo. (…)Pese a todos los aspectos despreciables de este modo de existencia, un apartamento comunitario también tiene, quizá, su lado redentor. Reduce la vida a lo básico: le arranca cualquier ilusión sobre la naturaleza humana. Por el ruido de sus gases, puedes deducir quién ocupa el servicio, sabes qué ha tomado en la cena y también en el desayuno. Sabes qué sonidos hacen en la cama y cuándo tienen su periodo las mujeres. Suele ser a ti a quién elige tu vecino para confiar sus penas, y suele él o ella quien llama a la ambulancia si tienes una angina de pecho o algo peor. Es él o ella quien tal vez te encuentre algún día muerto en una silla si vives solo, o viceversa.


Joseph Brodsky, “Una habitación y media” (Menos que uno)

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